MIRADAS

ÍNTIMAS

          LA HISTORIA HUMANA DETRAS DEL TRABAJO SEXUAL

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NÚMEROS

 

La realidad del trabajo sexual en Colombia es cruda, especialmente en departamentos como Nariño, donde cientos de mujeres encuentran en este oficio una salida obligada a la falta de oportunidades. No son sólo cifras. Son historias de carne y hueso, de mujeres que se levantan cada día con el sueño intacto de un futuro mejor, de una vida que no esté marcada por las calles, la noche, o las miradas que las juzgan sin detenerse a entender.

En los fríos barrios de Pasto, capital de Nariño, y en los pequeños municipios que lo rodean, la economía informal y las redes de trabajo sexual van en aumento, empujadas por la falta de empleo, la violencia, y el abandono estatal. Las cifras reflejan una realidad que parece lejana para quienes sólo las ven en un informe. Pero para ellas, es su vida diaria: el sustento de sus hijos, la esperanza de ahorrar algún día, el anhelo de dejar ese trabajo que nunca fue elegido, sino impuesto por la necesidad.

Cada una tiene sus propias razones, sus propios miedos, y sus propias luchas. Cada cifra representa una historia de dolor, pero también de esperanza y resistencia. En un país donde el acceso a la educación, la salud y el empleo es un lujo que no todos pueden darse, el trabajo sexual es una opción de último recurso que miles de mujeres, especialmente en regiones vulnerables como Nariño, se ven obligadas a tomar.

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La realidad del trabajo sexual en Colombia es cruda, especialmente en departamentos como Nariño, donde cientos de mujeres encuentran en este oficio una salida obligada a la falta de oportunidades. No son sólo cifras. Son historias de carne y hueso, de mujeres que se levantan cada día con el sueño intacto de un futuro mejor, de una vida que no esté marcada por las calles, la noche, o las miradas que las juzgan sin detenerse a entender.

En los fríos barrios de Pasto, capital de Nariño, y en los pequeños municipios que lo rodean, la economía informal y las redes de trabajo sexual van en aumento, empujadas por la falta de empleo, la violencia, y el abandono estatal. Las cifras reflejan una realidad que parece lejana para quienes sólo las ven en un informe. Pero para ellas, es su vida diaria: el sustento de sus hijos, la esperanza de ahorrar algún día, el anhelo de dejar ese trabajo que nunca fue elegido, sino impuesto por la necesidad.

Cada una tiene sus propias razones, sus propios miedos, y sus propias luchas. Cada cifra representa una historia de dolor, pero también de esperanza y resistencia. En un país donde el acceso a la educación, la salud y el empleo es un lujo que no todos pueden darse, el trabajo sexual es una opción de último recurso que miles de mujeres, especialmente en regiones vulnerables como Nariño, se ven obligadas a tomar.

LETRAS

En Pasto, donde el conservadurismo se arraiga en las calles, ser diferente es un acto de resistencia. Jocelyn, exdirectora de la Fundación Género Trans del Sur, lo describe con claridad: “La gente es muy tradicional, y eso normaliza actos discriminatorios”. Margarita, trabajadora sexual y líder transgénero, sabe bien de qué habla. Su historia es una de lucha. Primero alternó el trabajo sexual con sus estudios, pero tras graduarse y enfrentarse a la falta de oportunidades, lo convirtió en su única forma de sustento. “La discriminación me sacó de mi casa y de mi territorio. Tuve que empezar de nuevo en otras ciudades”, cuenta.

Para muchas, el trabajo sexual no es una elección, sino la última opción. Violeta, con 35 años en este oficio, recuerda cómo huía bajo los buses para salvarse de palizas. “Nos correteaban, nos arrastraban, nos llevaban al hospital… las cicatrices están en mi cuerpo y en mi mente”.

Margarita añade que la violencia no solo proviene de desconocidos; algunos clientes obligan, amenazan, y cruzan los límites de lo humano. “Es una violación. Lo haces porque temes por tu vida”.

El rechazo también se siente en las instituciones que deberían protegerlas. “¿Ir a la policía? Es caso perdido”, dice Violeta, quien aún recuerda casos archivados y atentados olvidados. Rosa, otra trabajadora, habla de los efectos psicológicos: “Hay personas que no aguantan, que terminan en el suicidio. Es mucho bullying, mucha depresión”.

En los hospitales, el estigma también las persigue. “Si llevas a una compañera herida, te dan los algodones para que tú la limpies. Antes de atenderte, te mandan un examen de VIH”, relata Violeta. Y en las iglesias, aún maquilladas de fe, les cierran las puertas por cómo se ven, porque ser trans es un acto de transgresión en una sociedad que no las acepta.

Pero, a pesar del dolor, sobreviven. Margarita lo resume en una frase: “La ley de la calle es la supervivencia”. Son mujeres y personas diversas, no cifras, que cada día enfrentan un mundo que intenta arrancarles los pétalos, pero nunca logra marchitar sus raíces.

LETRAS

En Pasto, donde el conservadurismo se arraiga en las calles, ser diferente es un acto de resistencia. Jocelyn, exdirectora de la Fundación Género Trans del Sur, lo describe con claridad: “La gente es muy tradicional, y eso normaliza actos discriminatorios”. Margarita, trabajadora sexual y líder transgénero, sabe bien de qué habla. Su historia es una de lucha. Primero alternó el trabajo sexual con sus estudios, pero tras graduarse y enfrentarse a la falta de oportunidades, lo convirtió en su única forma de sustento. “La discriminación me sacó de mi casa y de mi territorio. Tuve que empezar de nuevo en otras ciudades”, cuenta.

Para muchas, el trabajo sexual no es una elección, sino la última opción. Violeta, con 35 años en este oficio, recuerda cómo huía bajo los buses para salvarse de palizas. “Nos correteaban, nos arrastraban, nos llevaban al hospital… las cicatrices están en mi cuerpo y en mi mente”.

Margarita añade que la violencia no solo proviene de desconocidos; algunos clientes obligan, amenazan, y cruzan los límites de lo humano. “Es una violación. Lo haces porque temes por tu vida”.

El rechazo también se siente en las instituciones que deberían protegerlas. “¿Ir a la policía? Es caso perdido”, dice Violeta, quien aún recuerda casos archivados y atentados olvidados. Rosa, otra trabajadora, habla de los efectos psicológicos: “Hay personas que no aguantan, que terminan en el suicidio. Es mucho bullying, mucha depresión”.

En los hospitales, el estigma también las persigue. “Si llevas a una compañera herida, te dan los algodones para que tú la limpies. Antes de atenderte, te mandan un examen de VIH”, relata Violeta. Y en las iglesias, aún maquilladas de fe, les cierran las puertas por cómo se ven, porque ser trans es un acto de transgresión en una sociedad que no las acepta.

Pero, a pesar del dolor, sobreviven. Margarita lo resume en una frase: “La ley de la calle es la supervivencia”. Son mujeres y personas diversas, no cifras, que cada día enfrentan un mundo que intenta arrancarles los pétalos, pero nunca logra marchitar sus raíces.

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